viernes, 18 de marzo de 2011

POEMA A BAMBAMARCA

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BAMBAMARCA

Tienes la edad del trueno y el color de la lluvia en enero.

Estás dormida en el regazo de dos ríos,

que te abrazan y te arrullan

como a una dulce y laboriosa pastorcita,

agotada al final de la jornada.

Caminas lentamente por la historia

con tu bufanda blanca y tu poncho de mil colores;

aquellos, tejidos con cabuya por mama Quilla

detrás del Iskioc a escondidas del taita Inti.

Bambamarca,

en tu tierra reverdea el pasado

y el futuro de tus hijos.

En las mañanas de junio tu sonrisa se dibuja

en la cima de los cerros,

pintando de alegría los colores de la vida,

depositando pedacitos de amor en las manitas de los niños.

Bambamarca, madre eterna.

Madre de mis padres y mis hijos ¡Despierta!

¡Devuélvenos al Q’orillama! cacique inmortal

que nos mira desde el fondo,

que nos mira silencioso

con un ojo lleno de pasado y el otro, de futuro iluminado.

¡Despierta! Madre, hijo y padre ¡Despierta!

Que repiquen las campanas en tu corazón de cóndor,

que sople el viento en tus quenas milenarias

y se extiendan -como ayer- tus encallecidas manos

al ritmo del fuego,

al ritmo del arado,

en los surcos de la vida.

CÉSAR G. MEJÍA LOZANO

ESE MONSTRUO QUE DEVORA LOS CERROS

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Ese monstruo que devora los cerros

y vomita miseria

es el mismo que avinagra la tarde azul de mi pueblo.

Ese monstruo devoró los árboles, los ríos y los hombres

ha cubierto de odio los senderos de la puna.

Ese monstruo que devora los cerros

y transpira cianuro

tiene el poder de convertir el oro en excremento.

Se desplaza torpemente asesinando el paisaje

llenando de llagas el cuerpo de la tierra

abriendo heridas profundas en la epidermis del futuro.

Ese monstruo que devora los cerros

y defeca pobreza

pisotea la dignidad con sus patas de estiércol.

Se regocija perforando el cielo iluminado de mi patria,

sepultando de relaves el corazón de la cordillera

haciendo añicos los espejos azules de la jalca.

Pero ese monstruo que devora los cerros

no es invencible

y ha de caer, inevitablemente, víctima de su propio veneno.

César G. Mejía Lozano